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ISSN 1989-4163

NUMERO 12 - ABRIL 2010

 

Círculo de Sueño

Isabel Huete

Se enfrenta al frío como todas las mañanas con una bufanda enrollada en el cuello y las manos en los bolsillos. A pesar del peso de la mochila sus pasos son ágiles y rápidos; no consigue levantarse ningún día a la hora que le marca el despertador y al final tiene que andar con prisas para no llegar demasiado tarde. Dios santo, qué pereza ir a trabajar para cumplir un horario durante el cual no hago nada. Creo que me ven como una enferma a la que hay que dejar tranquila, sin agobios ni presiones ni plazos. La soledad de siempre en la parada del autobús, dando caladas a un cigarrillo que parece no acabarse nunca. Quizá todos los días sea el mismo cigarrillo. Quizá todos los días sean el mismo día. Veinte años de fidelidad a la línea 20. Vaya, no me había dado cuenta de la coincidencia numérica. Y todos esos años deseando subirse a cualquier otra para bajarse en cualquier otro lugar que no sea el de siempre.

Hace una señal al conductor para que pare. En el cartel luminoso se lee Sol-Legazpi pero ella no lo ve. Elige un asiento pegado a la ventana y deja que el frío se instale en su sien al apoyarla sobre el cristal. El paisaje urbano ha dejado de ser el mismo; los coches, los peatones, los árboles y hasta los viajeros no se parecen a ningunos otros que hubiera visto antes. Hoy la atmósfera parece más limpia, ¿y el ruido? Las palabras se intercambian en susurros y el tráfico parece volar a ras de suelo sobre una alfombra invisible. Los escolares van caminando hacia el colegio sin arrastrar esos dichosos carritos cargados de libros que se han puesto de moda como si en vez de ir a aprender fueran a comprar algunos kilos de saber; sólo llevan un cuaderno y un lápiz en las manos. ¡Quién fuera ellos!

Son las siete horas y cuarenta y cinco minutos. Temperatura exterior de seis grados. La voz  que suena por los altavoces es impersonal, plana y aburrida.

El autobús tuerce a la derecha hacia la calle Alcalá: al fondo el edificio de Correos (ahora también Ayuntamiento), detrás la Puerta de Alcalá, en primera línea la Cibeles, el Banco de España y el Cuartel General del Ejército. La Casa de América enfrente.

Paseo del Prado, el Thysen, la Bolsa, el Ritz, Neptuno, el Prado, el Botánico.

Glorieta de Carlos V (popularmente de Atocha), monumento a las víctimas del 11M. ¿No podían haberles erigido otro menos espantoso? Ministerio de Agricultura, Estación de Atocha, el Reina Sofía.

Próxima parada Pº de las Delicias con calle Ferrocarril, parada común de líneas 6, 11, 29 y 4. La dichosa máquina no se calla ni debajo del agua. Modernidad barata y hortera. La bajada hacia la Plaza de Legazpi carece de monumentos y edificios emblemáticos, como si una vez pasado Atocha los ojos sólo debieran fijarse en los portales y balcones cerrados de las casas. Muchas historias detrás de esos cristales, muchas vidas desperezándose, algún abrazo o beso de bajo coste. Lloros de niños por tener que ir a la guardería; ojos turbios mirándose en los espejos; agua derramándose por la alcachofa de la ducha; galletas empapadas en café; demasiado zumo de tetrabrik con vitaminas de diseño. Sexo exprés con gatillazo incluido sobre sábanas incapaces de retener la tibieza. Alguien habrá que se crea feliz al abrigo de las fachadas, pero no es fácil imaginarlo. Los cristales empañados del autobús quizá no me permiten verlo.

Plaza de Legazpi y fin de trayecto. Los pasajeros se bajan con desgana al tener que enfrentarse de nuevo al frío. Se alzan los cuellos y se suben las cremalleras de los anoraks al tiempo que los hombros se encogen en dirección a las orejas. Caminan deprisa para alcanzar el abrigo de sus lugares de trabajo en el menor tiempo posible. Ella hace lo mismo hasta llegar a un portón antiguo de hierro forjado que abre con su propia llave. Atraviesa la antigua entrada de carruajes hasta alcanzar un amplio patio interior ajardinado plagado de puertas. La elegida es la única pintada de azul añil.

Algo cambia en su mirada cuando entra en el pequeño habitáculo y corre las cortinas para dejar pasar la luz. La salamandra parece pedir a gritos desde un rincón ser abastecida de leña. En pocos minutos se escucha chisporrotear agradecida a la madera y el ambiente empieza a caldearse. Las manos se contraen y estiran al calor de la lumbre para desentumecerse. Las pareces, llenas de dibujos de diseños inconclusos y de fotografías de otros que corrieron mejor suerte, invitan a ser contempladas. Hay proyectos de librerías, de tiendas de comestibles, de estaciones de metro, de portales de principios del siglo XX, de plazoletas de barrios antiguos. Lo que muestran las fotografías son trabajos finalizados: un estudio de pintura, un estanco, una peluquería de caballeros de fachada alicatada con azulejos pintados a mano, un puesto de periódicos… Cualquiera podría pensar que recogen la obra de una arquitecta o de una diseñadora de interiores; nada más lejos de la realidad. Son paisajes de la vida real miniaturizados hechos con mimo y un perfeccionismo deslumbrante.

La pasión por observar su entorno y el descubrimiento tardío de su habilidad manual le han llevado a reproducirlo con fidelidad. Ha creando su pequeño mundo artificial dentro del mundo real convirtiendo el taller en una almoneda de amor a la belleza de lo diminuto. Lo que antes eran grandes espacios ahora son pequeños escenarios; de su vida ha desaparecido ese gran angular que extendía el encuadre hasta extremos inabarcables transformándolo en mirada furtiva tras del ojo de una cerradura.

Esto es como una cueva secreta donde guardo todos mis tesoros. Y sonríe con con tristeza.

Sobre la mesa de trabajo una caja de madera de cincuenta por cuarenta centímetros con uno de los lados abiertos. En el interior se divisa lo que parece una pequeña habitación de paredes pintadas en color azul claro con una puerta a cada lado, también azules; la tarima del suelo se extiende hasta la pared del fondo en el que una ventana verde se mantiene entornada. Recuerda a los cuartos de las antiguas pensiones en las que se albergaban personas de escasos recursos. Fuera, almacenado como en un guardamuebles, reposa el diminuto mobiliario esperando ser colocado en su sitio: una cama de madera de pino, dos sillas de anea y una mesita de noche, cinco cuadros y un espejo de pared… Dos pequeñas cajas de cartón contienen diversos objetos cada una. La más grande aloja ropa de cama y de vestir que bien podía haber sido diseñada para cualquiera de los siete enanitos de Blancanieves, mientras que en la más pequeña se vislumbran varios artículos, entre ellos una jofaina con su jarra de agua y una botella de cristal acompañada de su correspondiente vaso.

Debo darme prisa si quiero que todo esté listo hoy mismo. Una vez vestida la cama con sus correspondientes sábanas y un cobertor rojo intenso, la cola va sujetando cada mueble en su sitio; la ropa, los cuadros y el espejo cuelgan ya de la pared; la botella y el vaso se anclan a la mesilla de igual manera que el resto de objetos de uso personal. Cuando queda terminado la sensación de soledad es inevitable. Quisiera encogerse para poder ocupar ese espacio desprovisto de la menor traza de aliento humano. El mismo vacío que imaginó tras las ventanas de los edificios del Pº de las Delicias. Un cristal enmarcado en madera cierra el lado abierto de la caja dejándola convertida en una especie de hornacina cerrada heméticamente. Acaba de cerrar el círculo de un sueño, el que nunca se atrevió a emprender.

Se contempla ahí dentro golpeando la pared de cristal para que alguien le ayude a salir … Es una metáfora de la vida que he elegido vivir. Podría escapar por cualquiera de esas puertas pero perdí las llaves hace mucho tiempo. Nadie me oye gritar; la realidad es que no sale el más leve gemido de mi garganta. El resto de pasajeros pensarían que estoy loca.

La parada del autobús la deja muy cerca de la oficina y como todas las mañanas recorre ese trayecto con paso cansino, como si se dirigiera hacia el matadero.

 
 

Van Gogh

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